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| El triunfo de la muerte, Pieter Brueghel, el viejo. |
El CABALLERO: Quiero
confesarme y no sé qué decir. Mi corazón está vacío. El vacío es como un espejo
puesto delante de mi rostro. Me veo a mí mismo y al contemplarlo siento un
profundo desprecio de mi ser. Por mi indiferencia hacia los hombres y las cosas
me he alejado de la sociedad en que viví. Ahora habito un mundo de fantasmas, prisionero
de fantasías sin sueños.
LA MUERTE: Y a pesar de todo no quieres morir.
EL CABALLERO: Sí,
quiero.
LA MUERTE: Entonces a qué esperas.
EL CABALLERO: Deseo saber qué hay después.
LA MUERTE: Buscas garantías.
EL CABALLERO: Llámalo como quieras. ¿Por qué la cruel imposibilidad
de alcanzar a Dios con nuestros sentidos? ¿Por qué se nos esconde en una oscura
nebulosa de promesas que no hemos oídos y de milagros que no hemos visto? Si
desconfiamos una y otra vez de nosotros mismos, ¿cómo vamos a fiarnos de los
creyentes? ¿Qué va a ser de nosotros, los que queremos creer y no podemos? ¿Por
qué no logro matar a Dios en mí? ¿Por qué sigue habitando en mi ser? ¿Por qué
me acompaña, humilde y sufrido, a pesar de mis maldiciones que pretenden
eliminarlo de mi corazón? ¿Por qué sigue siendo, a pesar de todo, una realidad
que se burla de mí y de la cual no me puedo liberar? ¿Me oyes?
LA MUERTE: Te oigo.
EL CABALLERO: Yo quiero entender, no creer. No debemos afirmar lo
que no se logra demostrar. Quiero que Dios me tienda su mano, vuelva su rostro
hacia mí y me hable.
LA MUERTE: Él no habla.
EL CABALLERO: Clamo a Él en las tinieblas y desde las tinieblas
nadie contesta mis clamores.
LA MUERTE: Tal vez no haya nadie.
EL CABALLERO: Pero entonces la vida perdería todo su sentido. Nadie
puede vivir mirando a la Muerte y sabiendo que camina hacia la Nada.
LA MUERTE: La mayor parte de los hombres no piensan ni en la Muerte
ni en la Nada.
EL CABALLERO: Pero un día llegan al borde de la vida y tienen que
enfrentarse a las tinieblas.
LA MUERTE: Sí. Y cuando llegan…
EL CABALLERO: Calla… Sé lo que vas a decir. Que nos hace crear el
miedo una imagen salvadora y esa imagen es lo que llamamos Dios.
El
séptimo sello,
Ingmar
Bergman

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